miércoles, 28 de enero de 2009

EXTREMISMO




Las enfermedades psicológicas se contagian



Los grupos extremistas, bien sean los movimientos nacionalistas, las sectas religiosas o las bandas de adolescentes que intentan provocar desórdenes, actúan con unas normas de grupo tremendamente simplificadas. Entre los ejemplos puede incluirse la creencia de que la patria o el equipo de fútbol favorito son los mejores, de que llevar un atuendo determinado es algo ‘sagrado’, o de que se puede robar porque la sociedad es injusta. En estos grupos se puede dar una paranoia creciente, ya que estos grupos proyectan sus problemas en el resto del mundo. Su desconexión respecto a normas sociales más amplias, permisivas y globales se intensifica hasta desembocar posiblemente en la desviación: la ruptura de esas normas.
Ser víctima de prejuicios o de una educación y unas relaciones sociales deficientes puede llevar a un individuo a integrarse en un grupo extremista. Esta situación puede darse en miembros de familias sometidas a privaciones múltiples o en quienes viven en condiciones de opresión o pobreza, sin ninguna esperanza de cambio. La alienación conduce a que las personas ‘consigan olvidar’ la ausencia de expectativas. Su conducta se ve afectada por las emociones y sus actividades están guiadas por una sensación de idealismo que carece de respaldo o corroboración colectivos. En última instancia, conduce a la autodestrucción masiva, como ocurrió con la secta religiosa que llevó a cabo un suicidio colectivo en Jonestown, Guyana, a finales de 1978, o puede conducir a apoyar o justificar el genocidio, tal y como ocurrió en la II Guerra Mundial.
Puesto que los ejemplos extremos de la conducta de masas dan como resultado la violencia y el predominio de la ‘ley de la calle’, el mantenimiento de la paz y la cohesión social depende de una mayor comprensión de la psicología de masas.
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